Generosidad-Pensamiento

La religión que no practica el amor a los demás es una religión sin corazón, y sin corazón la religión está muerta, porque religión es relación con Dios y con los demás.



Una fría noche de invierno, caminando por la ciudad, comprendí el verdadero significado de la palabra generosidad. Me topé de frente con una mujer que rebuscaba comida en la basura. Me fijé que sus movimientos estaban limitados por el bebé que llevaba atado en la espalda con un trozo de tela. Aquella imagen conmovió mi corazón y me acerqué a ella para darle algo de dinero para alimentarse ella, y alimentar a su hijo. Emocionada, la mujer me dio las gracias.

La curiosidad me movió a seguirla. Quería saber qué hacía con el dinero. A paso rápido, la mujer se dirigió a una destartalada casa y llamó a la puerta.

- ¡Lo sabía! -pensé- no va a comprar alimentos ni cosas para el niño… ¡A saber qué hace con el dinero! ¡Seguro que lo usa para drogarse!

Una anciana mujer la recibió. Su rostro se iluminó al ver el dinero y ambas mujeres se abrazaron llorando. La joven dividió aquella cantidad por la mitad y entregó una parte a la más mayor. Después se alejó.

Una vez que la joven abandonó la casa, no pude evitarlo y llamé a la puerta. Supuse que sería su madre o algún familiar. Sin embargo, al abrirme, la señora me explicó que apenas conocía a la muchacha. No tenían familia en la ciudad. Aquella era una chica del barrio que sabía la terrible situación en la que se encontraban. Su esposo yacía en una cama moribundo y ella no tenía medicinas para aliviar su dolor, ni apenas un trozo de pan que llevarse a la boca. Nuevamente agradecí tener la oportunidad de ayudar y le ofrecí pagar su comida y las medicinas de su esposo, así como ponerla en contacto con los servicios sociales.

De vuelta a mi hogar fui pensando en lo que me había acontecido aquel día. Reflexioné sobre el comportamiento de la joven mujer, que aún necesitando toda la ayuda posible para ella misma y su hijo, había dado la mitad de lo poco que tenía para aliviar el sufrimiento de otro ser humano, y en ese momento me dí cuenta de que mi gesto de generosidad, del que tan orgullosa me sentía no era más que una migaja.

Dicen que cuanto más tenemos, más necesitamos, y debe ser cierto, porque cuanto más tenemos, más egoístas nos volvemos. En realidad, las personas más ricas suelen ser las más pobres.

Ciertamente el dinero es un gran servidor, pero un terrible amo. Cuando aprendemos a utilizarlo para hacer el bien, nosotros lo dominamos a él; cuando lo codiciamos y cada vez queremos más, somos nosotros los que somos dominados.

Aquel día aprendí varias lecciones:

1) Cuidado con los prejuicios. Casi siempre que pensamos mal de una persona solemos estar equivocados.

2) Cuando ayudamos a otro, los más beneficiados somos siempre nosotros.

3) La verdadera generosidad no es dar de lo que nos sobra, sino de lo que nosotros mismos necesitamos.

Ojalá permitamos que Dios cambie nuestro corazón de piedra por uno de carne capaz de amar a los demás como Jesús los amaba. Mientras no logremos amar de esa manera, no habremos conseguido cumplir Su objetivo para nuestra vida. 1º Corintios 13 deja claro que de todos los dones, el mayor es el amor, y cuando Cristo se marchó la tarea que les encomendó a Sus discípulos, además de que compartieran el Plan de Salvación con todos, era que amaran a los demás, pero no de cualquier manera, sino ¡como Él los había amado!

El amor de Dios, el amor de Jesús, es verdadero amor. Un amor que se derrama por los demás. Ese tipo de amor no es humano, viene de la Fuente que es el Creador, y necesitamos esa clase de amor para poder reflejar el carácter de Cristo. Si no aprendemos a amar de ese modo, podemos obedecer todos los mandamientos, podemos conocer todas las profecías, podemos asistir a la iglesia y podemos parecer excelentes cristianos, pero en realidad no conoceremos a Jesús.

Solo cuando seamos capaces de romper nuestras barreras y estemos dispuestos a dejarnos usar por Dios en favor de los demás podremos conocer realmente a nuestro Señor y podemos comprender un poco mejor Su amor. Santiago 1:26 y 27 dice: “Si alguien se cree muy santo y no cuida sus palabras, se engaña a sí mismo y de nada le sirve tanta religiosidad. Creer en Dios el Padre es agradarlo y hacer el bien, ayudar a las viudas y a los huérfanos cuando sufren, y no dejarse vencer por la maldad del mundo”.

La religión que no practica el amor a los demás es una religión sin corazón y sin corazón la religión está muerta; porque la verdadera religión está basada en una relación de amor con Dios y con los demás. Al fin y al cabo…. “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1º Juan 4:8)



Esther Azón Fernández (EAF) Lic. Teología y comunicadora. Redacción CPM

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